Réquiem por un acuerdo común
Por: Mikely Arencibia Pantoja
Este documento cuenta de 30 artículos y fue suscrito por la Organización Mundial de Naciones Unidas, considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de la igualdad de derechos de todos los seres humanos.
Una simple lectura a esta Declaración basta para comprender que se trata de un texto ignorado muchas de las naciones que lo suscribieron.
Por ejemplo, en el artículo tres, se plantea que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad”. No obstante, a esta misma hora mueren miles de niños latinoamericanos debido a enfermedades curables, víctimas de las evidentes desigualdades imperantes.
Burlando la Declaración Universal de los Derechos Humanos también aparece la cúpula del narcotráfico, que espiga su fortuna sobre los cadáveres de millones de personas, incluidos niños, víctimas de los efectos de la droga.
En el quinto apartado se consigna que “nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Sin embargo, ahora vienen a mi mente los palestinos, afganos, kosovares e iraquíes; o los negros que son discriminados y condenados a muerte en Estados Unidos, sin llegar a demostrarles su culpabilidad. Pero, muy especialmente, pienso en los centenares de prisioneros que sufren vejaciones en la ilegal cárcel de Guantánamo.
Otros ejemplos hay por doquier. Está una Europa donde crece sin cesar el número de mujeres que se suman a la prostitución y el de menores que amanecen durmiendo en el metro o sometidos a trabajos rudos e ilegales. O un continente africano donde la esperanza de vida al nacer es apenas de 35 años.
Urge entonces que el acuerdo común llamado Declaración Universal de los Derechos Humanos deje de ser un simple documento de archivo, ignorado e irrespetado, fundamental y contradictoriamente, por muchos de los países de mayores recursos, precisamente los que más alarde hacen de libertad y democracia.

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