La
gran diferencia
El pequeño
Luis no tendrá cena refinada este fin de año, como tampoco la tuvo el anterior
ni jamás la ha tenido. Nada de vinos de marca, cócteles, mesa buffet, conversaciones
entre hombres de negocios, invitados con vestidos millonarios...
Y allí, donde
pudiera estar un arbolito de Navidad descansarán algunos libros, un viejo farol
y su juguete preferido: un caballito rústico hecho con recortes de madera.
Durante la última
noche del 2013 solo la risa, como siempre, se escurrirá entre las montañas y
llegará bien lejos, ayudada por el silencio sepulcral de la apartada región
montañosa donde él vive junto a sus padres. Y en ese risueño concierto, el
pequeño Luis se llevará el gran premio a la carcajada más feliz, porque él es
un niño privilegiado.
Su felicidad
nada tiene que ver con juguetes movidos por control remoto, muñecos que hablan
o lloran, piscinas artificiales, tenis de marca... u otros tantos objetos
inanimados, que de la misma forma que llenan armarios vacían almas, pues el
regocijo de Luis –como el de todos los infantes cubanos– brota en la libertad
con que corre, juega y va a la escuela sin temor a que algún compañerito saque
un arma de fuego y le dispare o lo obligue a comprar y oler la maldita droga.
Hoy, mientras
violencia, terrorismo, explotación infantil, guerra, prostitución y robo de
menores son hechos consumados y repetidos en muchos países, el pequeño Luis
tumba naranjas, se desliza en una yagua, se baña en el río, monta a caballo,
ayuda a ordeñar la vaca y aprende las lecciones en una escuelita donde él es el
único alumno y, pese a ello, ya tiene corriente eléctrica, televisor, vídeo y
computadora.
Lo que sucede,
sin dudas, es que él no es un niño sin niño como los cientos que mueren,
padecen o matan cada segundo. Él, a pesar de cualquier modestia con que viva,
¡vive!, y ese privilegio es la gran diferencia.
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