Todos
sabíamos que Chávez padecía de una enfermedad poco amable cuyo final suele ser triste,
aún así su infinita fe mantuvo despierta la esperanza de que remontaría la
muerte. Sin embargo, hoy, dos años después, todavía la realidad muestra a una
Venezuela enlutada y a un mundo que acompaña el dolor por el líder que se fue.
Recuerdo
que la noticia llegó con el sabor más amargo que pudiera imaginarse, porque ni
aún lo esperado del suceso mató la fé en
quienes rogábamos por su salud.
Y
sí, lo reconozco, fuimos y somos ignorantes a conciencia cuando nos resistimos
ante la realidad, cuando todavía lo vemos convertido en niño, en pueblo, en
América; cuando su imagen ondea en banderas multicolores y cuando su espíritu de
luchador incansable desnuda la mentira que se empeña en destruir la Venezuela
actual y viste de confianza a quienes no se dejan confundir.
Me
da por pensar que el mismísimo Dios sintió envidia de él o, mejor, que este lo
apreció tan útil a la humanidad que no resistió la necesidad de tenerlo a su
lado derecho en la corte celestial. Sí, no tengo la menor duda de que esta fue
la razón de su partida aquel cinco de marzo de 2013.
Desde
entonces la muerte de Chávez solo sirvió para inmortalizarlo; para esparcir por
el mundo ese espíritu de justiciero incansable que le permitió transformar para
bien la tierra de Bolívar y le devolvió los sueños a millones de personas.
De
ello dan crédito quienes hoy pueden ver y leer gracias a los programas sociales
gestados por él o las familias que hasta ayer se hundían en la extrema pobreza
por la falta de empleo, la precaria situación de la salud pública y la carencia
de recursos para garantizar una alimentación básica.
En
Venezuela se recuperaron los recursos naturales y energéticos, y se frenó la
fuga de capitales. De allí nacieron ideas tan brillantes como el ALBA, que
permitió un intercambió equilibrado entre los países de la región.
La
unidad y el patriotismo también fueron muros que levantó la Revolución Bolivariana
y que tienen que permanecer erguidos no solo por una cuestión de principios,
sino de lógica elemental para evitar el regreso al pasado.
Soy
de los que piensan que llorar en una fecha como esta puede ser una necesidad
del espíritu para canalizar el dolor dejado por su ausencia física; sin
embargo, la realidad invita a dar gracias por haber tenido entre nosotros a un
hombre de su estatura moral y de un valor inigualable.

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