Unas letras en defensa de otras letras
Por: Mikely Arencibia Pantoja
Entre los tantos legados útiles ofrecidos por nuestros antepasados están, sin la menor duda, las bibliotecas, almacenes de sabiduría universal que hoy suelen ser desdeñados por determinados grupos de personas que se dejan acunar hasta el embobecimiento por el desarrollo de tecnologías como la multimedia e Internet.
Y aunque reconozco que ambas son en verdad fascinantes, solo me resisto a la idea de que un día la irracionalidad pueda darle sepultura a una herencia tan milenaria, donde se atesora parte de la historia de la humanidad.
Es cierto que actualmente el comercio de textos editados en soporte digital es cada vez más creciente, pues facilita múltiples ventajas al disponer en muchos casos, por ejemplo, de visitas virtuales, fotos tomadas en ángulos de 360 grados y explicaciones audiovisuales.
Sin embargo, ninguna comodidad, por excelsa que parezca, podrá echar a un lado la importancia que revisten las bibliotecas en la formación integral de los hombres.
Y no hablo de ir contrario al desarrollo. No se trata de renunciar a las facilidades que ofrece la versión digital de cualquier libro ni de poner en dudas los valores de este moderno sistema, sino de comprender que la lectura no puede ser privilegio de unos cuantos, porque, ¿qué quedará para los millones de seres que jamás han oído tan siquiera la palabra “computadora” o que a sabiendas de su existencia no tienen acceso a ella?
Todo lo contrario, la lectura debe ser, tiene que ser, una puerta abierta sin discriminación, sin que medie o importe el lugar que ocupen los individuos en la sociedad y sin que el dinero sea pasaporte para franquearla.
Entonces, me siento feliz al saber, por ejemplo, que en Cuba se desarrolla anualmente la Feria Internacional del Libro y que esta llega hasta los lugares más intrincados, o al conocer que aquí hay más de 300 bibliotecas públicas, sin contar las que se hallan en centros de trabajo y estudios, o hasta en las mismas prisiones, donde la condición de recluso no veta las oportunidades de recibir instrucción.
Se trata de que en la Mayor de las Antillas se sabe combinar lo útil con lo bello, al favorecer la apertura de estas instituciones culturales, remodelar las existentes, proveerlas de nuevos ejemplares y reactivar la industria editorial, al tiempo que se promueve y facilita el aprendizaje de la computación.
Sin dudas, lo más sabio en medio del galopante modernismo.
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