La pobreza del libre comercio
Por Mikely Arencibia Pantoja
Una
receta supuestamente ideal es vendida hace años con bombos y platillos. Se
trata del libre comercio entre las naciones, una opción que en la práctica solo
demuestra desigualdad de intercambio y agudiza aún más la pobreza.
Y
a pesar de que los hambrientos no se pueden alimentar con estadísticas, vale
recordar solo una cifra: de seguir las tendencias actuales, muy pronto habrá más de 2 000 millones de pobres en el
mundo tratando de sobrevivir. Entonces cabrá preguntarse qué sucedió con todos
los programas diseñados para combatir el flagelo.
El
problema radica, entre otras cosas, en que mientras los países ricos asuman la
pobreza como una ley natural les faltará voluntad política para encarar la dura
realidad, al tiempo que las naciones subdesarrolladas seguirán financiando el
derroche y la opulencia de las desarrolladas.
A
propósito, los especialistas en el tema coinciden en señalar que la mayoría de
los estados que adoptaron políticas de libre comercio terminaron con menos
participación en el comercio mundial de la que tenían antes de instrumentar
esas prácticas. Hecho contradictorio a juzgar por lo que proclaman sus defensores.
¿Pero quiénes figuran en la
lista de los paladines del libre comercio?
El
Banco Mundial encabeza la relación y a él le siguen el Fondo Monetario
Internacional y la
Organización Mundial del Comercio, precisamente las mismas
instituciones que debían promover políticas comerciales adecuadas acorde con los
postulados que les dieron origen.
Sin
embargo, ellas obran a favor de la minoría pudiente y, en consecuencia, les
imponen el libre comercio a los países pobres como condicionantes para
brindarles ayuda financiera y van más allá, pues también los amenazan con
perder su visto bueno si se niegan a adoptarlas. Así arrastran hacia el
patíbulo a economías enteras y las obligan a librar una pelea desigual e
injusta.
En
el caso del continente americano los titulares de esas instituciones aseguran
que tal postura trae y promueve las inversiones en toda la región, al tiempo
que contribuye a combatir el hambre y permite la aceleración del desarrollo al
facilitar el acceso al mercado estadounidense, que es la mayor plaza del orbe.
No
obstante, hasta el momento la realidad ha sacado a la palestra algo bien
distinto, que puede explicarse como incremento de las diferencias en la región y
mayor enriquecimiento de los grandes capitales internacionales, junto al
fortalecimiento de la posición de los EE.UU. en el mundo.
En
la pasada década la pobreza extrema creció en 28 millones de personas, hecho
que subrayó el fracaso de un comercio que no tiene nada de libre y de cuantos
proyectos se han encubado con el respaldo de los países poderosos que son, en
definitiva, los que dominan el planeta y, a la vez, lo mantienen a la deriva.
En
tanto, yo comparto el pensamiento del francés Franklin Loaiza, quien considera
que el libre comercio es, simplemente, “una treta más para demostrar que EE.UU.
tiene el control absoluto”.

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