miércoles, 3 de diciembre de 2014

Apariencia y esencia




La apariencia y la esencia no siempre son directamente proporcionales, aunque todavía existan algunos que crean que el hábito hace al monje y en consonancia con ese parecer juzguen a la ligera a los demás.

Sin olvidar la extravagancia y el excentricismo que portan quienes exageran las modas o aquellos que van al otro extremo ridiculizándolas, me parece que en ocasiones debemos ser más profundos a la hora de emitir determinados juicios.

Por ejemplo, ¿qué relación absoluta y negativa puede existir entre un par de aretes llevados en las orejas de un hombre y su inteligencia, honestidad, sentimientos patrios y humanos? ¿Por qué hemos de ver con malos ojos al muchacho que quiere dejar crecer su pelo o a la muchacha que decide raparse? Reflexionemos.

Particularmente no asumiría ninguna de las posturas descritas. Confieso que no les encuentro atractivos y que prefiero asirme a la costumbre, a la tradición. Sin embargo, de la misma manera que exijo respeto a mi voluntad he de respetar el deseo de los demás, aun cuando no concuerden con los míos.

Tampoco desdeño la posibilidad de que ese tipo de gustos exista en ciudadanos marginales, lo cual no quiere decir que también encontremos superficialidad, apatía, indiferencia y enajenación en otros que, como yo, prefieren el tradicionalismo a la hora de vestir, exhibir prendas, caminar, hablar...

La cuestión es que debemos estar conscientes de que hay de todo en la viña del Señor, como diría un querido abuelito, y esa sentencia, antiquísima por cierto, nos debe sugerir cuan injustos podemos ser al emitir juicios prematuros si solo valoramos la apariencia de las personas.

Antes de juzgar es necesario conocer, intercambiar, saber cómo piensan los demás, pero para ello debemos despojarnos de todo tipo de prejuicios. Y le reitero que no se trata de imitar a nadie, sino de aceptar a nuestros congéneres tal cual son.

Tampoco es cuestión de hacernos amigos de quienes en apariencia o en esencia nos desagraden, sino de reconocerlos como ciudadanos comunes y corrientes, con virtudes y defectos, con valores, porque el refugio de estos sentimientos está por debajo de la epidermis y nada, absolutamente nada tienen que ver con la imagen exterior.

Sin dudas, la modernidad nos obliga a ir al interior de la gente, a buscarles bien adentro su manera de ser y, solo entonces, tendremos elementos para emitir criterios.

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