La apariencia y la esencia no siempre son directamente proporcionales, aunque todavía existan algunos que crean que el hábito hace al monje y en consonancia con ese parecer juzguen a la ligera a los demás.
Sin olvidar la
extravagancia y el excentricismo que portan quienes exageran las modas o
aquellos que van al otro extremo ridiculizándolas, me parece que en ocasiones
debemos ser más profundos a la hora de emitir determinados juicios.
Por ejemplo,
¿qué relación absoluta y negativa puede existir entre un par de aretes llevados
en las orejas de un hombre y su inteligencia, honestidad, sentimientos patrios
y humanos? ¿Por qué hemos de ver con malos ojos al muchacho que quiere dejar
crecer su pelo o a la muchacha que decide raparse? Reflexionemos.
Particularmente
no asumiría ninguna de las posturas descritas. Confieso que no les encuentro
atractivos y que prefiero asirme a la costumbre, a la tradición. Sin embargo,
de la misma manera que exijo respeto a mi voluntad he de respetar el deseo de
los demás, aun cuando no concuerden con los míos.
Tampoco
desdeño la posibilidad de que ese tipo de gustos exista en ciudadanos
marginales, lo cual no quiere decir que también encontremos superficialidad,
apatía, indiferencia y enajenación en otros que, como yo, prefieren el
tradicionalismo a la hora de vestir, exhibir prendas, caminar, hablar...
La cuestión es
que debemos estar conscientes de que hay de todo en la viña del Señor, como
diría un querido abuelito, y esa sentencia, antiquísima por cierto, nos debe
sugerir cuan injustos podemos ser al emitir juicios prematuros si solo
valoramos la apariencia de las personas.
Antes de
juzgar es necesario conocer, intercambiar, saber cómo piensan los demás, pero
para ello debemos despojarnos de todo tipo de prejuicios. Y le reitero que no
se trata de imitar a nadie, sino de aceptar a nuestros congéneres tal cual son.
Tampoco es
cuestión de hacernos amigos de quienes en apariencia o en esencia nos
desagraden, sino de reconocerlos como ciudadanos comunes y corrientes, con
virtudes y defectos, con valores, porque el refugio de estos sentimientos está
por debajo de la epidermis y nada, absolutamente nada tienen que ver con la
imagen exterior.

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