La mejor riqueza
Por Mikely Arencibia Pantoja
“Era un
hombre tan pobre que solo tenía dinero”. Hace
poco leí esta frase y la lectura me llevó a realizar las siguientes
reflexiones.
Por ejemplo,
piense cuántas personas en este preciso instante son así de pobres, aunque de
sus bolsillos goteen monedas.
La cuestión
radica en que la pobreza, vista desde un prisma humano, nada tiene que ver con
el dinero, sino que esta se relaciona con la actitud egoísta y solitaria que
asumen algunos, como dijera Vinicius de Moraes, y cito:
“La mayor
soledad es la del hombre encerrado en sí mismo, en el absoluto de sí, y que no
da a quien pide lo que puede dar de amor, de amistad, de socorro. El mayor
solitario es el que tiene miedo de amar, el que tiene miedo de herir y de
herirse, el ser casto de mujer, de amigo, de pueblo, de mundo...”
Entonces, ese “hombre tan pobre que solo tiene dinero”
está reflejado en la persona avara, que nada más tiene capacidad para pensar en
el enriquecimiento propio y jamás se preocupa por sembrar y cultivar amistades;
o en el hombre interesado, cuyo proceder mercantilista le impide dar algo a
cambio de la palabra “gracias”. Se trata de gente que vive para sí, pero que,
en esencia, no vive.
Sin dudas, la
riqueza espiritual de las personas es la mejor fortuna, aunque sea imposible
cuantificarla, guardarla en una cuenta bancaria o ganarle intereses
financieros.
Dicha riqueza,
esa que se gana en sociedad, compartiendo lo nuestro con los demás, siendo
solidarios, caritativos, amables, preocupados, queriendo y dejándonos querer...
nos proporciona sustanciosos dividendos.
Por mucho
dinero que tengamos, nunca podremos comprar a un amigo en un mercado, como
tampoco lograremos a base de dinero hacer que otra persona esté dispuesta a
escucharnos en una situación de crisis, con el único interés de ayudarnos a
ganarle la partida al mal momento.
Quien crea
tenerlo todo porque le sobra el dinero, solamente tendrá a su alrededor a
hombres y mujeres como él, que no son más que mercenarios de la vida.
Amigos y
familia son cosas que jamás estarán en venta, y nada más serán alcanzables por
quienes sepan alimentar con buenas acciones la dicha que significa vivir.
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