Hambre: asunto de hombres
Por Mikely Arencibia Pantoja
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| Seis millones de niños mueren cada año de hambre |
Hay estadísticas tristemente elocuentes. Son registros que a pesar de la tragedia que convocan resultan necesarios traerlos a colación, al menos para despertar la conciencia de sus responsables.
El hambre es uno de los temas que más infortunio arrastra. Por su causa muere una persona cada cuatro segundos y ya son 842 millones de seres humanos quienes lo padecen, es decir, uno de cada siete habitantes del planeta.
África es, como siempre, la principal víctima de este flagelo. Allí ocurrieron las mayores hambrunas en el pasado siglo y al parecer la realidad no cambiará mucho durante los años venideros.
En el continente negro convergen todas las causas favorecedoras de la desnutrición: falta de lluvia, desertificación, pobreza de los suelos, condiciones inadecuadas para el uso de técnicas agrícolas avanzadas, crecimiento rápido de la población, desatención por parte de algunos gobiernos, guerras y agitación civil.
De acuerdo con estudios realizados sobre el tema, del total de hambrientos alrededor de 780 millones viven en países en vías de desarrollo, como la República Democrática del Congo (75 por ciento de desnutrición), Somalia (71) y Burundi y Afganistán (70).
A la anterior cadena de desgracias debe sumársele que anualmente seis millones de niños menores de cinco años mueren de hambre, simplemente por culpa del desinterés gubernamental o de los grupos armados que utilizan tal situación como instrumento de guerra.
Al parecer hay consenso universal de que la solución definitiva demorará en convertirse en hecho, a pesar de los esfuerzos que se llevan a cabo en naciones como Brasil, con el proyecto “Hambre Cero”, o en Vietnam, con el Programa de Erradicación del Hambre, pues su eliminación depende en gran medida de la atención que se le preste no solo a la producción de alimentos, sino a la distribución y consumo de los mismos.
En tal sentido está demostrado que el planeta genera lo necesario para todos, pero –también está confirmado– la balanza se inclina hacia un solo lado.
Un ejemplo preclaro se halla en la producción mundial de cereales, la cual es suficiente para brindarle unas 3 000 calorías diarias a cada habitante de la Tierra , lo que les permitiría llevar una vida sana y saludable. No obstante, en gran parte del orbe pocos son los que consumen 1 200 calorías y otros –la mayoría de los pobres– sobreviven con apenas 440.
Sin dudas, la realidad no puede ser más cruda ni locuaz, principalmente cuando existe la certeza de que el objetivo de reducir a la mitad el número de personas con hambre para el año 2015 se vuelve cada día más inalcanzable por cuestiones de orden, equidad y voluntad de los gobiernos que tienen de todo y no reparten nada.

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