domingo, 28 de octubre de 2012

Niñez, sexo y trabajo

Por Mikely Arencibia Pantoja
Las niñas y los niños son las víctimas preferidas

El abuso sexual y la explotación laboral no son indicadores exclusivos para personas mayores de edad. Las víctimas preferidas en tales casos son niños y niñas que, sin remedio, acuden a estas formas de supervivencia para jugarle cabeza a la muerte; sin embargo, siempre terminan atrapados en un callejón sin salida donde se pintan las llamadas cifras de la brutalidad.

Nada de impersonal tienen estos números nacidos de la realidad.

Actualmente cerca de 400 000 indios menores de edad son prostituidos. En Tailandia la situación afecta a 60 000 infantes que aún no rebasan los 13 años, mientras que en naciones como Indonesia el 20 por ciento de las mujeres explotadas sexualmente son niñas.

En tanto, un estudio realizado en cinco municipalidades nicaragüenses demostró que el 82 por ciento de 300 niños encuestados había ingresado a la prostitución durante el año anterior al sondeo. Lo peor, muchos dijeron haberlo hecho para costearse un hábito: las drogas.

Y como si fuera poco, la propia investigación indica que el 40 por ciento de estos niños no están registrados en el sistema educativo y el 45 por ciento no va al colegio. Otras razones para preocuparse.

Los tiempos que corren, matizados por un inédito contraste entre desolación y riqueza, parieron una bochornosa “modalidad” denominada turismo sexual, cuyos practicantes son también los mayores consumidores de pornografía infantil.

Según la Organización Mundial del Turismo, un 20 por ciento de los viajeros anuales reconoce buscar sexo en sus desplazamientos, de los cuales unos tres millones confesaron tendencias pedófilas.

Similar panorama devela la explotación laboral infantil.

En el mundo, alrededor de 73 millones de niños trabajan para mal vivir, principalmente en países africanos, asiáticos y latinoamericanos, de acuerdo con el último informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), con énfasis en el continente africano, donde los estimados involucran a uno de cada tres menores en actividades económicas.

Pero las cifras anteriores son sumamente conservadoras, pues la obtención de datos fidedignos se obstaculiza tras el principio de que lo que se supone ilegal no puede ser incluido en estadísticas oficiales.

Sin embargo, amen de la certeza numérica, el final es siempre elocuente y aterrador: cada 12 meses la mayoría de esos chicos termina muriendo por accidentes laborales, SIDA, tuberculosis u otras enfermedades como consecuencia de lo que son obligados a hacer.

La realidad imperante clama por cambios de actitudes, purificación de intereses y medidas a corto, mediano y largo plazos, que extiendan sus oportunidades a los estratos más pobres e indefensos de la sociedad. Los niños, esas criaturas inocentes, se lo merecen.

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