sábado, 20 de octubre de 2012

Nuestra democracia

Por Mikely Arencibia Pantoja

La democracia, según los griegos que acuñaron el término, se refiere al “predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado". Entonces, no encuentro razón para que algunos se cuestionen la postura de Cuba al respecto.

En mi país yo tengo el derecho de elegir a quien me represente a todos los niveles sin que medie más interés que su buena reputación y su ejemplar conducta.

Esto significa, grosso modo, que para nada importan su profesión, título, dinero, raza o sexo; y tampoco es necesario que este sea militante del Partido Comunista, como algunos afirman con el ánimo de tergiversar nuestra realidad.

Y esa persona, gracias al voto de alguien tan común como yo, mañana bien podría ocupar un puesto en el Parlamento y convertirse así en promotor de una decisión nacional de trascendental importancia o aportar ideas a los debates sobre los destinos del país en materias de economía, política, sociedad...

Nuestras elecciones se parecen mucho a nuestro pueblo en su sencillez y naturalidad. Nada de globos, anuncios publicitarios, fuegos artificiales u otro tipo de artificio político. Solo se exhiben biografías y fotos de los candidatos para que la sociedad los conozca mejor.

De esa forma simple, popular y democrática la Mayor de las Antillas garantiza la base de su poder político. Y para ilustrarla mejor me voy a permitir usar una analogía dicha por el destacado intelectual Roberto Fernández Retamar para quien el Parlamento cubano –en el sentido más amplio de su composición– era un arco iris humano.

Sobran las razones entonces para ratificar este domingo dos cosas ante el mundo: la validez de nuestra democracia y la decisión irrevocable de mantenerla.

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